domingo, 13 de septiembre de 2009

Vinum Sabbati: el polvo blanco, de Machen

"El Polvo Blanco" (The white powder, Vinum Sabbati), es un pequeño relato de Machen, publicado por primera vez en su novela "Los Tres Impostores", de la que hablaremos en posteriores entradas. El propio Borges, alguien de quien no admiro su literatura sino más bien su filosofía, diría que: "la literatura posee obras maravillosas, perfectas y escondidas. Los tres impostores es una de ellas." Y el Vinum Sabbati, probablemente la historia de terror más versionada en el último siglo, si bien ya no "asusta" de la forma en que lo haría a principios de siglo, sí nos sirve para comprender de dónde vienen los estereotipos del terror actual y qué clase de publicaciones se consideraban de interes "oscuro" o "friki" en la época. Enjoy.


Vinum Sabbati


Por Arthur Machen

Mi nombre es Leicester; mi padre, el mayor general Wyn Leicester, distinguido oficial de artillería, sucumbió hace cinco años a una compleja enfermedad del hígado, adquirida en el letal clima de la india. Un año después, Francis, mi único hermano, regresó a casa después de una carrera excepcionalmente brillante en la universidad, y aquí se quedó, resuelto como un ermitaño a dominar lo que con razón se ha llamado el gran mito del Derecho. Era un hombre que parecía sentir una total indiferencia hacia todo lo que se llama placer; aunque era más guapo que la mayoría de los hombres y hablaba con la alegría y el ingenio de un vagabundo, evitaba la sociedad y se encerraba en la gran habitación de la parte alta de la casa para convertirse en abogado. Al principio, estudiaba tenazmente durante diez horas diarias; desde que el primer rayo de luz aparecía en el este hasta bien avanzada la tarde permanecía encerrado con sus libros. Sólo dedicaba media hora a comer apresuradamente conmigo, como si lamentara el tiempo que perdía en ello, y después salía a dar un corto paseo cuando comenzaba a caer la noche. Yo pensaba que tanta dedicación sería perjudicial, y traté de apartarlo suavemente de la austeridad de sus libros de texto, pero su ardor parecía más bien aumentar que disminuir, y creció el número de horas diarias de estudio. Hablé seriamente con él, le sugerí que ocasionalmente tomara un descanso, aunque fuera sólo pasarse una tarde de ocio leyendo una novela fácil; pero él se rió y dijo que, cuando tenía ganas de distraerse, leía acerca del régimen de propiedad feudal y se burló de la idea de ir al teatro o de pasar un mes al aire libre. Confieso que tenía buen aspecto, y no parecía sufrir por su trabajo, pero sabía que su organismo terminaría por protestar, y no me equivocaba. Una expresión de ansiedad asomó en sus ojos, se veía débil, hasta que finalmente confesó que no se encontraba bien de salud. Dijo que se sentía inquieto, con sensación de vértigo, y que por las noches se despertaba, aterrorizado y bañado en sudor frío, a causa de unas espantosas pesadillas.

-Me cuidaré -dijo-, así que no te preocupes. Ayer pasé toda la tarde sin hacer nada, recostado en ese cómodo sillón que tú me regalaste, y garabateando tonterías en una hoja de papel. No, no; no me cargaré de trabajo. Me pondré bien en una o dos semanas, ya verás.

Sin embargo, a pesar de sus afirmaciones, me di cuenta que no mejoraba, sino empeoraba cada día. Entraba en el salón con una expresión de abatimiento, y se esforzaba en aparentar alegría cuando yo lo observaba. Me parecía que tales síntomas eran un mal agüero, y a veces, me asustaba la nerviosa irritación de sus gestos y su extraña y enigmática mirada. Muy en contra suya, lo convencí de que accediera a dejarse examinar por un médico, y por fin llamó, de muy mala gana, a nuestro viejo doctor.

El doctor Haberden me animó, después de la consulta.

-No es nada grave -me dijo-. Sin duda lee demasiado, come de prisa y vuelve a los libros con demasiada precipitación y la consecuencia natural es que tenga trastornos digestivos y alguna mínima perturbación del sistema nervioso. Pero creo, señorita Leicester, que podremos curarlo. Ya le he recetado una medicina que obtendrá buenos resultados. Así que no se preocupe.

Mi hermano insistió en que un farmacéutico de la colonia le preparara la receta. Era un establecimiento extraño, pasado de moda, exento de la estudiada coquetería y el calculado esplendor que alegran tanto los escaparates y estanterías de las modernas boticas. Pero Francis le tenía mucha simpatía al anciano farmacéutico y creía a ciegas en la escrupulosa pureza de sus drogas. La medicina fue enviada a su debido tiempo, y observé que mi hermano la tomaba regularmente después de la comida y la cena.

Era un polvo blanco de aspecto común, del cual disolvía un poco en un vaso de agua fría. Yo lo agitaba hasta que se diluía, y desaparecía dejando el agua limpia e incolora. Al principio, Francis pareció mejorar notablemente; el cansancio desapareció de su rostro, y se volvió más alegre incluso que cuando salió de la universidad; hablaba animadamente de reformarse, y reconoció que había perdido el tiempo.

-He dedicado demasiadas horas al estudio del Derecho -decía riéndose-; creo que me has salvado justo a tiempo. Bien, de cualquier modo, seré canciller, pero no debo olvidarme de vivir. Haremos un viaje a París, nos divertiremos, y nos mantendremos alejados por un tiempo de la Biblioteca Nacional.

He de confesar que me sentí encantada con el proyecto.

-¿Cuándo nos vamos? -pregunté-. Podríamos salir pasado mañana, si te parece.

-No, es demasiado pronto. Después de todo, no conozco Londres todavía, y supongo que un hombre debe comenzar por entregarse a los placeres de su propio país. Pero saldremos en una o dos semanas, así que practica tu francés. Por mi parte, de Francia sólo conozco las leyes, y me temo que eso no nos servirá de nada.

Estábamos terminando de comer. Tomó su medicina con gesto de catador, como, si fuera un vino de la cava más selecta.

-¿Tiene algún sabor especial? -pregunté.

-No; es como si fuera sólo agua-. Se levantó de la silla y empezó a pasear de arriba abajo por la habitación, sin decidir qué hacer.

-¿Vamos al salón a tomar café? -le pregunté-. ¿0 prefieres fumar?

-No; me parece que voy a dar un paseo. La tarde está muy agradable. Mira ese crepúsculo: es como una gran ciudad en llamas, como si, entre las casas oscuras, lloviera sangre. Sí. Voy a salir. Pronto estaré de vuelta, pero me llevo mi llave. Buenas noches, querida, si es que no te veo más tarde.

La puerta se cerró de golpe tras él, y le vi caminar rápidamente por la calle, balanceando su bastón-, y me sentí agradecida con el doctor Haberden por esta mejoría.

Creo que mi hermano regresó a casa muy tarde aquella noche, pero a la mañana siguiente se encontraba de muy buen humor.

-Caminé sin pensar adónde iba -dijo gozando de la frescura del aire, y vivificado por la multitud cuando me acercaba a los barrios más transitados. Después, en medio de la gente, me encontré con Orford, un antiguo compañero de la universidad, y después... bueno, nos fuimos por ahí a divertirnos. He sentido lo que es ser joven y hombre. He descubierto que tengo sangre en las venas como los demás. Me he citado con Orford para esta noche; algunos amigos nos reuniremos en el restaurante. Sí, me divertiré durante una semana o dos, y todas las noches oiré las campanadas de las doce. Y después tú y yo haremos nuestro pequeño viaje.

Fue tal el cambio de carácter de mi hermano, que en pocos días se convirtió en un amante de los placeres, en un indolente asiduo de los barrios alegres, en un cliente fiel de los restaurantes opulentos y en un excelente crítico de baile. Engordaba ante mis ojos, y no hablaba ya de París, pues claramente había encontrado su paraíso en Londres. Yo me alegré, pero no dejaba de sorprenderme, porque en su alegría encontraba algo que me desagradaba, aunque no podía definir la sensación. El cambio le sobrevino poco a poco. Seguía regresando en las frías madrugadas; pero yo ya no le oía hablar de sus diversiones, y, una mañana, cuando desayunábamos juntos, lo miré de pronto a los ojos y vi a un extraño frente a mí.

-¡Oh, Francis! --exclamé- ¡Francis, Francis! ¿Qué has hecho?

Y dejando escapar el llanto, no pude decir ni una palabra más. Me retiré llorando a mi habitación, pues aunque no sabía nada, lo sabía todo, y por un extraño juego del pensamiento, recordé la noche en que salió por primera vez, y el cuadro de la puesta de sol que iluminaba el cielo ante mí: las nubes, como una ciudad en llamas, y la lluvia de sangre. Sin embargo, luché contra esos pensamientos, y consideré que tal vez, después de todo, no había pasado nada malo. Por la tarde, a la hora de comer, decidí presionarlo para que fijara el día de comenzar nuestras vacaciones en París. Estábamos charlando tranquilamente, y mi hermano acababa de tomar su medicina, que no había suspendido para nada. iba yo a abordar el tema, cuando las palabras desaparecieron de mi mente, y me pregunté por un segundo qué peso helado e intolerable oprimía mi corazón y me sofocaba como si me hubieran encerrado viva en un ataúd.

Habíamos comido sin encender las velas. La habitación había pasado de la penumbra a la lobreguez, y las paredes y los rincones se confundían entre sombras indistintas. Pero desde donde yo estaba sentada podía ver la calle, y cuando pensaba en lo que iba a decirle a Francis, el cielo comenzó a enrojecerse y a brillar, como durante aquella noche que tan bien recordaba; y en el espacio que se abría entre las dos oscuras moles de casas apareció el horrible resplandor de las llamas: espeluznantes remolinos de nubes retorcidas, enormes abismos de fuego, masas grises como el vaho que se desprende de una ciudad humeante y una luz maligna brillando en las alturas con las lenguas del más ardiente fuego, y en la tierra, como un inmenso lago de sangre. Volví los ojos a mi hermano; las palabras apenas se formaban en mis labios, cuando vi su mano sobre la mesa. Entre el pulgar y el índice tenía una marca, una pequeña mancha del tamaño de una moneda de seis peniques y el color de un moretón. Sin embargo, por algún sentido indefinible, supe que no era un golpe. ¡Ah!, si la carne humana pudiera arder en llamas, y si la llama fuese negra como la noche... sin pensamiento ni palabras, el horror me invadió al verlo, y en lo más profundo de mi ser comprendí que era un estigma. Durante algunos interminables segundos, el manchado cielo se oscureció como si se tratara de la medianoche, y cuando la luz volvió, me encontraba sola en la silenciosa habitación. Poco después, pude oír cómo salía mi hermano.

A pesar de que ya era tarde, me puse el sombrero y fui a visitar al doctor Haberden, y en su amplio consultorio, mal iluminado por una vela que el doctor trajo consigo, con labios trémulos y voz vacilante pese a mi determinación, le conté todo lo que había sucedido desde el día en que mi hermano comenzó a tomar la medicina hasta la horrible marca que había descubierto hacía apenas media hora.

Cuando terminé, el doctor me miró durante un momento con una expresión de gran compasión en su rostro.

-Mi querida señorita Leicester -dijo- usted se ha angustiado por su hermano; se preocupa mucho por él, estoy seguro , ¿no es así?

-Sí, me tiene preocupada -dije Desde hace una o dos semanas no he estado tranquila.

-Muy bien. Ya sabe usted lo complicado que es el cerebro.

-Comprendo lo que quiere usted decir, pero no estoy equivocada. He visto con mis propios ojos todo lo que acabo de decirle.

-Sí, sí; por supuesto. Pero sus ojos habían estado contemplando ese extraordinario crepúsculo que tuvimos hoy. Es la única explicación. Mañana lo comprobará a la luz del día, estoy seguro. Pero recuerde que siempre estoy a su disposición para prestarle cualquier ayuda que esté a mi alcance. No dude en acudir a mí o mandarme llamar si se encuentra en un apuro.

Me marché intranquila, completamente confusa, llena de tristeza y temor, y sin saber que hacer. Cuando nos reunimos mi hermano y yo al día siguiente, le dirigí una rápida mirada y descubrí, con el corazón oprimido, que llevaba la mano derecha envuelta en un pañuelo. La mano en la que había visto aquella mancha de fuego negro.

-¿Qué tienes en la mano, Francis? -le pregunté con firmeza.

-Nada importante. Anoche me corté un dedo y me salió mucha sangre. Me lo vendé lo mejor que pude.

-Yo te lo curaré bien, si quieres.

-No, gracias, querida, esto bastará. ¿Qué te parece si desayunamos? Tengo mucha hambre.

Nos sentamos, y yo lo observaba. Comió y bebió muy poco. Le tiraba la comida al perro cuando creía que yo no miraba. Había una expresión en sus ojos que nunca le había visto; cruzó por mi mente la idea de que aquella expresión no era humana. Estaba firmemente convencida de que, por espantoso e increíble que fuese lo que había visto la noche anterior, no era una ilusión, ni era ningún engaño de mis sentidos agobiados, y, en el transcurso de la mañana, fui de nuevo a la casa del médico.

El doctor Haberden movió la cabeza contrariado e incrédulo, y pareció reflexionar durante unos minutos.

-¿Y dice usted que continúa tomando la medicina? Pero, ¿por qué? Según tengo entendido, todos los síntomas de que se quejaba desaparecieron hace tiempo. ¿Por qué sigue tomando ese brebaje, si ya se encuentra bien? Y, a propósito, ¿dónde encargó que le prepararan la receta? ¿Con Sayce? Nunca envío a nadie allí; el anciano se está volviendo descuidado. Supongo que no tendrá usted inconveniente en venir conmigo a su casa; me gustaría hablar con él.

Fuimos juntos a la tienda. El viejo Sayce conocía al doctor Haberden, y estaba dispuesto a darle cualquier clase de información.

-Según tengo entendido, usted lleva varias semanas preparando esta receta mía al señor Leicester -dijo el doctor, entregándole al anciano un pedazo de papel.

-Sí -dijo-, y ya me queda muy poco. Es una droga muy poco común, y la he tenido embodegada durante mucho tiempo sin usarla. Si el señor Leicester continúa el tratamiento, tendré que encargar más.

- Por favor, déjeme ver el preparado -dijo Haberden.

El farmacéutico le dio un frasco. Haberden le quitó el tapón, olió el contenido y miró con extrañeza al anciano.

-¿De dónde sacó esto? -dijo-. ¿Qué es? Además, señor Sayce, esto no es lo que yo prescribí. Sí, sí, ya veo que la etiqueta está bien, pero le digo que ésta no es la medicina correcta.

-La he tenido mucho tiempo --dijo el anciano, aterrado-. Se la compré a Burbage, como de costumbre. No me la piden con frecuencia, y la he tenido desde hace algunos años. Como ve usted, ya queda muy poco.

-Sería mejor que me lo diera -dijo Haberden-. Me temo que ha habido una equivocación.

Nos marchamos de la tienda en silencio; el médico llevaba bajo el brazo el frasco envuelto en papel.

-Doctor Haberden -dije, cuando ya llevábamos un rato caminando-, doctor Haberden.

-Sí -dijo él, mirándome sobriamente.

-Quisiera que me dijese qué ha estado tomando mi hermano dos veces al día durante poco más de un mes.

-Francamente, señorita Leicester, no lo sé. Hablaremos de esto cuando lleguemos a mi casa.

Continuamos caminando rápidamente sin pronunciar palabra, hasta que llegamos a su casa. Me pidió que me sentara, y comenzó a pasear de un extremo al otro de la habitación, con la cara ensombrecida por temores nada comunes.

-Bueno -dijo al fin-. Todo esto es muy extraño. Es natural que se sienta alarmada, y debo confesar que estoy muy lejos de sentirme tranquilo. Dejemos a un lado, se lo ruego, lo que usted me contó anoche y esta mañana, aunque persiste el hecho de que durante las últimas semanas el señor Leicester ha estado saturando su organismo con un preparado completamente desconocido para mí. Como le digo, eso no es lo que yo le receté. No obstante, está por ver qué contiene realmente este frasco.

Lo desenvolvió, vertió cautelosamente unos pocos granos de polvo blanco en un pedacito de papel y los examinó con curiosidad.

-Sí -dijo-. Parece sulfato de quinina, como usted dice; forma escamitas. Pero huélalo.

Me tendió el frasco, y yo me incliné a oler. Era un olor extraño, empalagoso, etéreo, irresistible, como el de un anestésico fuerte.

-Lo mandaré analizar -dijo Haberden-. Tengo un amigo 1 que se dedica a la química. Después sabremos qué hacer. No, no; no me diga nada sobre la otra cuestión. No quiero escucharlo de momento. Siga mi consejo y procure no pensar más en eso.

Aquella tarde, mi hermano no salió como siempre después de la comida.

-Ya me he divertido lo suficiente -dijo con una risa extraña- y debo volver a mis viejas costumbres. Un poco de leyes será el descanso adecuado, tras una dosis tan sobrecargada de placer -sonrió para sí mismo. Poco después subió a su habitación. Su mano seguía vendada.

El doctor Haberden pasó por casa unos días más tarde.

-No tengo ninguna noticia especial para usted -dijo-. Chambers está fuera de la ciudad, así que no sé nada que usted no sepa sobre la sustancia. Pero me gustaría ver al señor Leicester, si está en casa.

-Está en su habitación -dije-. Le diré que está usted aquí.

-No, no; yo subiré. Quiero hablar con él con toda tranquilidad. Me atrevería a decir que nos hemos alarmado mucho por muy poca cosa. Al fin y al cabo, sea lo que sea, parece que ese polvo blanco le ha sentado bien.

El doctor subió, y, al pasar por el recibidor, lo oí llamar a la puerta, abrirse ésta, y cerrarse después. Estuve esperando en el silencio de la casa durante más de una, hora, y la quietud se volvía cada vez más intensa, mientras las manecillas del reloj caminaban lentamente. Oí arriba el ruido de una puerta que se abría vigorosamente, y el médico bajó. Sus pasos cruzaron el recibidor y se detuvieron ante la puerta. Respiré largamente y con dificultad, vi mi cara, en un espejo, demasiado pálida, mientras él volvía y se paraba en la puerta. Había un indecible horror en sus ojos; se sostuvo con una mano en el respaldo de una silla, su labio inferior temblaba como el de un caballo; tragó saliva y tartamudeó una serie de sonidos ininteligibles, antes de hablar.

-He visto a ese hombre -comenzó, en un áspero susurro-. Acabo de pasar una hora con él. ¡Dios mío! ¡Y estoy vivo y entero! Yo que me he enfrentado toda mi vida con la muerte y conozco las ruinas de nuestra fortaleza... ¡Pero eso no, Dios mío, eso no! -y se cubrió el rostro con las manos para apartar de sí alguna horrible visión.

-No me mande llamar otra vez, señorita Leicester -dijo, recobrando un poco la compostura-. Nada puedo hacer ya por esta casa. Adiós.

Lo vi bajar las escaleras tembloroso, y cruzar la calzada en dirección a su casa. Me dio la impresión de que había envejecido diez años desde la mañana.

Mi hermano permaneció en su habitación. Me dijo con voz apenas reconocible que estaba muy ocupado, que le gustaría que le dejara su comida afuera de la puerta, y que me hiciera cargo de los criados. Desde aquel día, me pareció que el arbitrario concepto que llamamos tiempo había desaparecido para mí. Vivía con la continua sensación de horror, llevando a cabo mecánicamente la rutina de la casa, y hablando sólo lo imprescindible con los criados. De vez en cuando salía a pasear una hora o dos y luego volvía a casa. Pero tanto dentro como fuera, mi espíritu se detenía ante la puerta cerrada de la habitación de arriba, y, temblando, esperaba que se abriera.

He dicho que apenas me daba cuenta del tiempo, pero supongo que debieron transcurrir un par de semanas, desde la visita del doctor Haberden, cuando un día, después del paseo, regresaba a casa reconfortada con una sensación de alivio. El aire era dulce y agradable, y las formas vagas de las hojas verdes flotaban en la plaza como una nube; el perfume de las flores hechizaba mis sentidos. me sentía feliz y caminaba con ligereza. Cuando iba a cruzar la calle para entrar a casa, me detuve un momento a esperar que pasara un carro y miré por casualidad hacia las ventanas. instantáneamente se llenaron mis oídos de un fragor tumultuoso de aguas profundas y frias; el corazón me dio un vuelco y cayó en un pozo sin fondo, y me quedé sobrecogida de un terror sin forma ni figura. Extendí ciegamente una mano en la oscuridad para no caer, mientras, las piedras temblaban bajo mis pies, perdían consistencia y parecían hundirse. En el momento de mirar hacia la ventana de mi hermano, se abrió la persiana, y algo dotado de vida se asomó a contemplar el mundo. No, no puedo decir si vi un rostro humano o algo semejante; era una criatura viviente con dos ojos llameantes que me miraron desde el centro de algo amorfo representando el símbolo y el testimonio de todo el mal y la siniestra corrupción. Durante cinco minutos permanecí inmóvil, sin fuerza, presa de la angustia, la repugnancia y el horror. Al llegar a la puerta, corrí escaleras arriba, hasta la habitación de mi hermano, y lo llamé.

-¡Francis, Francis! -grité-. Por el amor de Dios, contéstame. ¿Qué es esa bestia espantosa que tienes en la habitación? ¡Sácala, Francis, arrójala fuera de aquí!

Oí un ruido como de pies que se arrastraban, lentos y cautelosos, y un sonido ahogado, como si alguien luchara por decir algo. Después, el sonido de una voz, rota y apagada, pronunció unas palabras que apenas pude entender.

-Aquí no hay nada -dijo la voz-. Por favor, no me molestes. No me encuentro bien hoy.

Me volví, horrorizada pero impotente. Me preguntaba por qué me habría mentido Francis, pues había visto, aunque sólo fuera por un momento, la aparición aquella, demasiado nítida para equivocarme. Me senté en silencio, consciente de que había sido algo más, algo que había visto en el primer instante de terror antes de que aquellos ojos llameantes se fijaran en mí. Y, súbitamente, lo recordé. Al mirar hacia arriba, las persianas se estaban cerrando, pero tuve tiempo de ver a aquella criatura, y al evocarla, comprendí que la imagen no se borraría jamás de mi memoria. No era una mano; no había dedos que sostuvieran el postigo, sino un muñón negro que la empujaba. El torpe movimiento de la pata de una bestia se había grabado en mis sentidos, antes de que aquella oleada de terror me arrojara al abismo. Me horroricé al recordar esto y pensar que aquella espantosa presencia vivía con mi hermano. Subí de nuevo y lo llamé desesperadamente, pero no me contestó. Aquella noche, uno de los criados vino a mi y me contó con cierto recelo que hacía tres días que colocaba regularmente la comida junto a la puerta y después la retiraba intacta. La sirvienta había tocado, pero sin obtener respuesta; sólo oyó los mismos pies arrastrándose que yo había oído. Pasaron los días, uno tras otro, y siguieron dejándole a mi hermano las comidas delante de la puerta y retirándolas intactas, y aunque llamé repetidamente a la puerta, no conseguí jamás que me contestara. La servidumbre quiso entonces hablar conmigo. Al parecer, estaban tan alarmados como yo. La cocinera dijo que, cuando mi hermano se encerró por vez primera en su habitación, ella empezó a oírle salir por la noche, y deambular por la casa; y una vez, según dijo, oyó abrirse la puerta del recibidor, y cerrarse después. Pero hacía varias noches que no oía ruido alguno. Por último, la crisis se desencadenó; fue en la penumbra del atardecer. El salón donde me encontraba se fue poblando de tinieblas, cuando un alarido terrible desgarró el silencio y oí unos precipitados pasos escabullirse por la escalera. Aguardé, y un segundo después irrumpió la doncella en el cuarto y se quedó delante de mí, pálida y temblorosa.

-¡Oh, señorita Helen! -murmuró-. ¡Por Dios, señorita Helen! ¿Qué ha pasado? Mire mi mano, señorita, ¡mire esta mano!

La conduje hasta la ventana, y vi una mancha húmeda y negra en su mano.

-No te comprendo -dije-. ¿Quieres explicarte?

-Estaba arreglando su habitación hace un momento --comenzó-. Estaba cambiando las sábanas, y de repente me cayó en la mano algo mojado; miré hacia arriba y vi que era el techo, que estaba negro y goteaba justo encima de mí.

Primero la miré con severidad y luego me mordí los labios.

-Ven conmigo -dije-. Trae tu vela.

La habitación donde yo dormía estaba debajo de la de mi hermano, y al entrar sentí que yo temblaba también. Miré el techo; en él había una mancha negra y húmeda, que goteaba persistente sobre un charco horrible que empapaba la blanca ropa de mi cama.

Me lancé escaleras arriba y toqué con fuerza la puerta

-¡Francis, Francis, hermano mío! ¿Qué te ha pasado?

Me puse a escuchar. Hubo un sonido ahogado; luego, un gorgoteo y un vómito, pero nada más. Llamé más fuerte, pero no contestó.

A pesar de lo que el doctor Haberden había dicho, fui a buscarlo.

Le conté, con los ojos arrasados en lágrimas, lo que había sucedido, y él me escuchó con una expresión de dureza en el semblante.

-En recuerdo de su padre --dijo finalmente-, iré con usted, aunque nada puedo hacer por él.

Salimos juntos; las calles estaban oscuras, silenciosas y densas por el calor y la sequedad de varias semanas. Bajo los faroles de gas, el rostro del doctor se veía blanco. Cuando llegamos a casa, le temblaban las manos.

No dudamos, sino que subimos directamente. Yo sostenía la lámpara y él llamó con voz fuerte y decidida:

-Señor Leicester, ¿me oye? Insisto en verlo. Conteste de inmediato.

No hubo respuesta, pero los dos oímos aquel gorgoteo que ya he mencionado.

-Señor Leicester, estoy esperando. Abra la puerta en este instante, o me veré obligado a echarla abajo -dijo. Y llamó una tercera vez, con una voz que hizo eco por todo el edificio-: ¡Señor Leicester! Por última vez, le ordeno abrir la puerta.

-¡Ah! -exclamó, después de unos pesados momentos de silencio-, estamos perdiendo el tiempo. ¿Sería tan amable de proporcionarme un atizador o algo parecido?

Corrí a una pequeña habitación donde guardábamos las cosas viejas y encontré una especie de azadón que me pareció le serviría al doctor.

-Muy bien --dijo-, esto funcionará. ¡Pongo en su conocimiento, señor Leicester -gritó por el ojo de la cerradura-, que voy a destrozar la puerta!

Luego comenzó a descargar golpes con el azadón, haciendo saltar la madera en astillas. De pronto, la puerta se abrió con un grito espantoso de una voz inhumana que, como un rugido monstruoso, brotó inarticuladamente en la oscuridad.

-Sostenga la lámpara -dijo entonces el doctor. Entramos y miramos rápidamente por toda la habitación.

-Ahí está -dijo el doctor Haberden, dejando escapar un suspiro-. Mire, en ese rincón.

Sentí una punzada de horror en el corazón. En el suelo había una masa oscura y pútrida, hirviendo de corrupción y espantosa podredumbre, ni líquida ni sólida, que se derretía y se transformaba ante nuestros ojos con un gorgoteo de burbujas oleaginosas. Y en el centro brillaban dos puntos llameantes, como dos ojos. Y vi, también, cómo se sacudió aquella masa en una contorsión temblorosa, y cómo trató de levantarse algo que bien podía ser un brazo. El doctor avanzó, alzó el azadón y descargó un golpe sobre los dos puntos brillantes; y golpeó una y otra vez, enfurecido. Finalmente reinó el silencio.

Un par de semanas más tarde, cuando ya me había recobrado de la terrible impresión, el doctor Haberden vino a visitarme.

-He traspasado mi consultorio -comenzó-. Mañana emprendo un largo viaje por mar. No sé si volveré a Inglaterra algún día; es muy probable que compre un pequeño terreno en California y me quede allí el resto de mi vida. Le he traído este sobre, que usted podrá abrir y leer cuando se sienta con fuerza y valor para ello. Contiene el informe del doctor Chambers sobre la muestra que le remití. Adiós, señorita, adiós.

En cuanto se marchó, abrí el sobre y leí los papeles. No podía esperar. Aquí está el manuscrito, y, si me lo permiten, les leeré la asombrosa historia que narra:

"Mi querido Haberden -comenzaba la carta-: Le pido mil perdones por haberme retrasado en contestar su pregunta sobre la sustancia blanca que me envió. A decir verdad, he dudado un tiempo sobre qué determinación tomar, pues hay tanto fanatismo y ortodoxia en las ciencias físicas como en la teología, y sabía que si yo me decidía a contarle la verdad, podría ofender prejuicios que alguna vez me fueron caros. No obstante, he decidido ser sincero con usted, así que, en primer lugar, permítame entrar en una breve aclaración personal.

"Usted me conoce, Haberden, desde hace muchos años, como un escrupuloso hombre de ciencia. Usted y yo hemos hablado a menudo de nuestras profesiones, y hemos discutido el abismo insondable que se abre a los pies de quienes creen alcanzar la verdad por caminos que se aparten de la vía ordinaria de la experiencia y la observación de la materia. Recuerdo el desdén con que me hablaba usted una vez de aquellos científicos que han escarbado un poco en lo oculto y han insinuado tímidamente que tal vez, después de todo, no sean los sentidos la frontera eterna e impenetrable de todo conocimiento, el inmutable límite, más allá del cual ningún ser humano ha llegado jamás. Nos hemos reído cordialmente, y creo que con razón, de las tonterías del 'ocultismo' actual, disfrazado bajo nombres diversos: mesmerismos, espiritualismos, materializaciones, teosofías, y toda la complicada infinidad de imposturas, con su maquinaria de trucos y conjuros, que son la verdadera armazón de la magia que se ve por las calles londinenses. Con todo, a pesar de lo que le he dicho, debo confesarle que no soy materialista, tomando este término en su acepción más común. Hace muchos años me convencí -me he convencido a pesar de mi anterior escepticismo-, de que mi vieja teoría de la limitación es absoluta y totalmente falsa. Quizá esta confesión no le sorprenda en la misma medida en que le hubiera sorprendido hace veinte años, pues estoy seguro de que *no habrá dejado de observar que, desde hace algún tiempo, ciertas hipótesis han sido superadas por hombres de ciencia que no son nada menos que trascendentales; y me temo que la mayor parte de los modernos químicos y biólogos famosos no dudarían en suscribir el díctum de la vieja escolástica, Omnía exeunt ín mysterium, que significa que toda rama del saber humano, si nos remontamos a sus orígenes y primeros principios, se desvanece en el misterio. No tengo por qué agobiarlo ahora con una relación detallada de los dolorosos pasos que me han conducido a mis conclusiones. Unos cuantos experimentos de lo más simple me dieron motivo para dudar de mi propio punto de vista, el tren de pensamiento que surgió en aquellas circunstancias relativamente paradójicas, me llevó lejos. Mi antigua concepción del universo se ha venido abajo; estoy en un mundo que me resulta tan extraño y temible como las interminables olas del océano a los ojos de quien lo contempla por primera vez desde Darién. Ahora sé que los límites de los sentidos, que resultaban tan impenetrables que parecían cerrarse en el cielo y hundirse en unas tinieblas de profundidad inalcanzable no son las barreras tan inexorablemente herméticas que habíamos pensado, sino velos finísimos y etéreos que se deshacen ante el investigador y se disipan como la neblina matinal de los riachuelos. Sé que usted no adoptó jamás una postura extremadamente materialista; usted no trató de establecer una negación universal, pues su sentido común lo apartó de tal absurdo. Pero estoy convencido de que encontrará lo que digo extraño y repugnante a su habitual forma de pensar. No obstante, Haberden, lo que digo es cierto; y en nuestro lenguaje común, se trata de la verdad única y científica, probada por la experiencia. Y el universo es más espléndido y más terrible de lo que imaginábamos. El universo entero, mi amigo, es un tremendo sacramento, una fuerza, una energía mística e inefable, velada por la forma exterior de la materia. Y el hombre, y el sol, y las demás estrellas, la flor, y la yerba, y el cristal del tubo de ensayo, todos y cada uno, son tanto materiales como espirituales y están sujetos a una actividad interior.

Probablemente se preguntará usted, Haberden, adónde voy con todo esto; pero creo que una pequeña reflexión podrá aclararlo. Usted comprenderá que, desde semejante punto de vista, cambia la concepción entera de todas las cosas, y lo que nos parecía increíble y absurdo podría ser posible. En resumen, debemos mirar con otros ojos la leyenda y las creencias, y estar preparados para aceptar hechos que se habían convertido en fábulas. En verdad, esta exigencia no es excesiva. Al fin y al cabo, la ciencia moderna admite hipócritamente muchas cosas. Es cierto que no se trata de creer en la brujería, pero ha de concederse cierto crédito al hipnotismo; los fantasmas están pasados de moda, pero aún hay mucho que decir sobre la teoría de la telepatía. Póngale un nombre griego a una superstición y crea en ella, y será casi un proverbio.

"Hasta aquí mi aclaración personal. Ahora bien, usted me envió un frasco tapado y sellado, que contenía una pequeña cantidad de un polvo blanco y escamoso, y que cierto farmacéutico proporcionó a uno de sus pacientes. No me sorprende que usted no haya conseguido ningún resultado en sus análisis. Es una sustancia que hace muchos cientos de años cayó en el olvido y que es prácticamente desconocida hoy en día. jamás hubiera esperado que me llegara de una farmacia moderna. Al parecer, no hay ninguna razón para dudar de la veracidad del farmacéutico. Efectivamente, como dice, pudo comprar en un almacén las sales que usted prescribió; y es muy posible también que permanecieran en su estante durante veinte años, o tal vez más. Aquí comienza a intervenir lo que llamamos azar o casualidad: durante todos estos años, las sales de esa botella han estado expuestas a ciertas variaciones periódicas de temperatura; variaciones que probablemente oscilan entre los cinco y los 30 grados centígrados. Y, por lo que se aprecia, tales alteraciones,, repetidas año tras año durante periodos irregulares, con distinta intensidad y duración, han provocado un proceso tan complejo y delicado que no sé si un moderno aparato científico, manejado con la máxima precisión, podría producir el mismo resultado. El polvo blanco que usted me ha enviado es algo muy diferente del medicamento que usted recetó; es el polvo con que se preparaba el Vino Sabático, el Vínum Sabbati. Sin duda habrá leído usted algo sobre los aquelarres de las brujas, y se habrá reído de los relatos que hacían temblar a nuestros mayores: gatos negros, escobas y maldiciones formuladas contra la vaca de alguna pobre vieja. Desde que descubrí la verdad, he pensado a menudo que, en general, es una gran suerte que se crea en todas estas supercherías, pues de este modo se ocultan muchas otras cosas que es preferible ignorar. No obstante, si se toma la molestia de leer el apéndice a la monografía de Payne Knight encontrará que el verdadero sabbath era algo muy diferente, aunque el escritor haya felizmente callado ciertos aspectos que conocía muy bien. Los secretos del verdadero sabbath datan de tiempos muy remotos, y sobrevivieron hasta la Edad Media. Son los secretos de una ciencia maligna que existía muchísimo antes de que los arios entraran en Europa. Hombres y mujeres, seducidos y sacados de sus hogares con pretextos diversos, iban a reunirse con ciertos seres especialmente calificados para asumir con toda justicia el papel de demonios. Estos hombres y estas mujeres eran conducidos por sus guías a algún paraje solitario y despoblado, tradicionalmente conocido por los iniciados y desconocido para el resto del mundo. Quizá a una cueva, en algún monte pelado y barrido por el viento, o a un recóndito lugar, en algún bosque inmenso. Y allí se celebraba el sabbath. Allí, a la hora más oscura de la noche, se preparaba el Vinum Sabbati, se llenaba el cáliz diabólico hasta los bordes y se ofrecía a los neófitos, quienes participaban de un sacramento infernal; sumentes caficem principis inferorum, como lo expresa muy bien un autor antiguo. Y de pronto, cada uno de los que habían bebido se veía atraído por un acompañante (mezcla de hechizo y tentación ultraterrena) que lo llevaba aparte para proporcionarle goces más intensos y más vivos que los del ensueño, mediante la consumación de las nupcias sabáticas. Es difícil escribir sobre estas cosas, principalmente porque esa forma que atraía con sus encantos no era una alucinación sino, por espantoso que parezca, el hombre mismo. Debido al poder del vino sabático -unos pocos granos de polvo blanco disueltos en un vaso de agua-, la morada de la vida se abría en dos, disolviéndose la humana trinidad, y el gusano que nunca muere, el que duerme en el interior de todos nosotros, se transformaba en un ser tangible y externo, y se vestía con el ropaje de la carne. Y entonces, a la medianoche, se repetía y representaba la caída original, y el ser espantoso oculto bajo el mito del Árbol del Bien y del Mal era nuevamente engendrado. Tales eran las nuptiae sabbatí.

"Prefiero no decir más. Usted, Haberden, sabe, tan bien como yo que no pueden infringirse impunemente las leyes más triviales de la vida, y que un acto tan terrible como éste, en el que se abría y profanaba el santuario más íntimo del hombre, era seguido de una venganza feroz. Lo que comenzaba con la corrupción, terminaba también con la corrupción."

Debajo está lo siguiente, escrito por el doctor Haberden:

"Por desgracia, todo esto es estricta y totalmente cierto. Su hermano me lo confesó todo la mañana en que estuve con él. Lo primero que me llamó la atención fue su mano vendada, Y lo obligué a que me la enseñara. Lo que vi yo, un hombre de ciencia, me puso enfermo de odio. Y la historia que me vi obligado a escuchar fue infinitamente más espantosa de lo que habría sido capaz de imaginar. Hasta me sentí tentado a dudar de la Bondad Eterna, que permite que la naturaleza ofrezca tan abominables posibilidades. Y si no hubiera visto usted el desenlace con sus propios ojos, le habría pedido que no diera crédito a nada de todo esto. A mí no me quedan más que unas semanas de vida, pero usted es joven, y quizá pueda olvidarlo.

Dr. Joseph Haberden

jueves, 10 de septiembre de 2009

Aviso de Mudanza.

El blog se esta desmadrando bastante, y temo acabar hablando de demasiadas cosas a la vez, asi que he decidido "partir" el blog y crear otros para englobar todos los contenidos que quisiera. Perdon por las molestias, si las hay. Y asi, mientras la seccion literaria se queda en esta misma direccion, la parte musical se trasladara aqui , y la nueva seccion sobre cine aqui. Espero poder poner en orden todo antes de seguir. Gracias y buenas noches.

Machen y el horror de decadencia.

Buenas. Como ya habrán advertido (avispadillos que son ustedes), el blog ha estado temporalmente cerrado por no disponer de Internet. Con suerte, la ausencia no habrá sido del todo molesta. Y es que cuando uno es leído por unas pocas personas tan sólo, puede que de vez en cuando se eche de menos algo más de "compañía", pero por otro lado, permite tomarse ciertas licencias. Retomando la línea por donde la dejamos (en absoluto, pero es por decir algo), supongo que hoy tocaría recomendar a un autor literario. Pues bien, no se me ocurre nadie mejor sobre el que hablar que Arthur Machen. Machen (pronunciado "Maken", como en "celtic"), galés, escritor, apasionado por lo oscuro que esconde la naturaleza y por Edgar Allan Poe, quiso desde un principio emular al maestro Poe y crear como él una literatura gótica y negra. Y vaya si lo consiguió. Hoy en día, nadie lo conoce; acostumbrados a violentos "slashers" cada vez que vamos al cine para ver "terror", la pequeña y fría obra de Machen, ya apenas nos asusta. Y sin embargo, me atrevo a afirmar que, cada vez que abrimos una de sus novelas de misterio, nos encontramos ante el referente principal de la novela y género de terror de principios de siglo. ¿Nos zambullimos pues en su biografía?


Nació en el condado de Newport, en Gales, en 1863, hijo de un pastor anglicano. La educación cristiana, como sucedió con tantos otros escritores, fue fundamental para el desarrollo de su obra. Desde pequeño se sintió fascinado por la herencia céltica y medieval de su tierra, otro de los pilares de su literatura. Dada la pobreza de su familia, no pudo acudir a la universidad, e intentó estudiar medicina en Londres, pero no consiguió superar los exámenes. Los años consecutivos los pasaría en una deprimente pobreza, escribiendo ocasionalmente para alguna revista, y dando largos paseos por las oscuras calles y periferias de la capital inglesa, hecho éste que se ve reflejado (tal vez como una reflexión o recuerdo tras haber superado este bache) en obras como “Los tres impostores”, en las que el autor hace un retrato pormenorizado de su propio vagabundeo.

En 1884, tras haber publicado dos obras, consigue trabajo fijo en el mundo literario como catalogador y redactor de una editorial, y poco a poco comienza a traducir algunas obras del francés antiguo, despertando por primera vez el interés de unos pocos.

Tres años después, en 1887, y tras el matrimonio de Machen con una excéntrica y tan bohemia como él profesora de música, tuvo ocasión de trabar amistad con algunos de los escritores que triunfaban en la capital en ese momento, como A. E. Waite o M. P. Shiel.

Y, de repente, todo dio un giro inesperado. Determinado a dedicarse a escribir exclusivamente, y tras recibir la herencia paterna, dejó la vida bohemia y por primera vez se sentó a escribir lo que él realmente quería: relatos de horror. Claro, imaginemos la sociedad de la época, tan fría y rígida; su primer éxito, “El gran dios Pan”, editado en 1894 en una sociedad literaria conmocionada por los excesos de Oscar Wilde (me suena ese nombre), y que contenía escenas explícitas de horror macabro y sexo, provocaron un gran morbo en el público. Al año siguiente, “Los tres impostores” causaría el mismo efecto perturbador.

Se vendieron como rosquillas.

“La colina de los sueños”, “Un fragmento de vida”, y la absolutamente genial “El pueblo blanco” fueron las colecciones de relatos que siguieron a este éxito inicial.

Pero, en 1899, se inicia un nuevo rumbo en la vida de Machen tras la muerte de su esposa. El autor cae en el paganismo y el horror más oscuro, llegando a formar parte de ciertas sociedades esotéricas, en las que conoció, entre otros, a otro escritor de horror, Algernon Blackwood. De repente, ya nadie quiere sus obras, demasiado violentas, o fantásticas, o salvajes. Ni él mismo quiere publicarlas.

Pero su segundo matrimonio en 1903 con Dorothie Purefoy le animó a seguir viviendo, y su carrera volvió a relanzarse a partir de los años sucesivos. Entre 1901 y 1903 formó parte de la “Frank Benson’s company of travelling players”, una compañía teatral que le llevó por toda Grna Bretaña interpretando a Shakespeare y le sirvió para recobrar su amor por el arte. En 1906, Machen parecía haberse recuperado de su período de censura, y consiguió reeditar algunas de sus obras, como “Hyerogliphics”, en 1902, o “La casa de las almas”, en 1906, recopilaciones de relatos escritos durante el fin de siècle que le restauraron a su posición de maestro del género. Y, en 1907, llegó “La colina de los sueños”, para la crítica, su mejor obra.

Este renacimiento le valió un nuevo puesto fijo como periodista en el “Evening News” de Londres, hecho que le haría, cuatro años más tarde, esciribir sobre la Iª Guerra Mundial, que acababa de estallar. Inspirados en la guerra escribió, entre otros, “Los ángeles de Mons” y “Los Arqueros”, relatos que tratan sobre las apariciones de antiguos guerreros ingleses en las trincheras. Un poco propagandístico, sí. Y es que a Machen no le hacía mucha gracia trabajar para el periódico, pero la herencia se iba acabando y necesitaba el trabajo para mantener a su familia y sus dos hijos.

Así se mantuvo hasta 1920, cuando decidió dimitir y abandonó el periódico, que le exprimía, animado por todos sus colegas escritores. E hizo bien.
A partir de 1922, el horror decadente volvió a ponerse de moda, y sus obras se reeditaron, no sólo en Gran Bretaña, En Estados Unidos también hallaron gran cantidad de público, aunque de manera efímera, pocos años después, pasada la moda, sus obras volvieron a dejarse a un lado.

Y así, de una manera tan inestable como había sido toda su vida, Machen asistió al auge del género de terror, que en parte él mismo había propiciado. H. P. Lovecraft, entre otros, se sintió muy influenciado por el galés y se vio inspirado asimismo para crear su horror cósmico. Los escritores ingleses del momento comenzaron a sentir aprecio por él, y por todas las dificultades a las que se enfrentó durante toda su vida, y decidieron apoyarle. Durante la década de los 30, las críticas literarias y biografías que Machen suscitó, ayudaron a que el público, a duras penas, siguiera invirtiendo en su obra.

Arthur Machen sufrió penurias económicas durante toda su vida, a pesar del apoyo (en parte propiciado por la lástima) de sus colegas. Y así, en 1943, autores de la talla de Algernon Blackwood, Bernard Shaw o T. S. Elliot, decidieron dar un último empujón a Machen en reconocimiento por su aporte al género y su sufrida vida, y recaudaron mediante obras benéficas capital suficiente para que el escritor, de 80 años, que jamás había dejado de trabajar, viviese de forma holgada y feliz sus últimos 5 años de vida, para finalmente morir en 1947, rodeado de su familia y amigos pero apartado del gran público.

A pesar de descubrir a Machen de casualidad, quedé encandilado enseguida por su estilo literario. Es uno de esos pocos autores que, con pocas palabras, las justas, es capaz de decir todo cuanto quiere, y de producir aún más sensaciones en el lector (¡ya quisiera yo semejante cualidad, jeje!). Y, sobre todo, demuestra una gran pasión hacia la Naturaleza (con mayúscula) de su tierra, Gales, y de la Inglaterra de principio de siglo, que retrata como un lugar frío, sombrío, de colores contrastados pero siempre con ese matiz apagado tan digno de Poe y los mejores poetas románticos ingleses. Hay un gran lirismo impreso en cada una de sus palabras, un verdadero amor por lo que cuenta. Según mi opinión personal, Machen nos deleita con un terror que no procede de lo cotidiano. No hay psicópatas, asesinos, no existe la maldad en el hombre más allá de la que la propia Naturaleza inspira. Los verdaderos malvados son los seres que se esconden en las profundidades de los bosques y montañas de la Inglaterra rural; algunos los llaman trolls, duendes, hadas, o simplemente "gente menuda". Estos personajes, que pueblan la imaginación de niños y adultos desde tiempos inmemoriales, podrían ser en realidad algo menos amistosos de lo que los cuentos nos quieren hacer creer. Y ya está. ¡No quiero decirles nada más! Si quieren descubrir a este escondido escritor, que generalmente sólo despliega sus encantos ante unos pocos, les recomiendo que inviertan un poco de su tiempo de ocio en buscar algunas de sus obras o publicaciones, o incluso relatos (que en la web hay bastantes, en Scribd, u otros soportes para ebooks), el resultado puede ser muy satisfactorio. De momento, yo les dejo con uno de sus mejores relatos. Buenas noches.

sábado, 15 de agosto de 2009

Carl Warner: una sincera recomendación.

Y ahora va, para todos vosotros, una sincera recomendación recién sacada de mis favoritos: la obra de otro artista, seguidor del efecto de la composición múltiple, llamado Carl Warner. A Carl Warner lo descubrí en una revista de cotilleos (sí, cuando me canso de leer las Metamorfosis cojo el Pronto, para ver de qué se alimenta la masa popular) en la que hablaban de su última exposición. También manda narices descubrir a todo un artista (por su manera de concebir el arte y sobre todo la casi perfección de sus fotografías, tanto en su concepción como en su realización) en una publicación así y no en un soporte especializado en arte. Pero bueno. ¿Qué tiene de especial este autor? La técnica de Warner es herdera en parte (sólo en parte, ¡ojo!) de la de Arcimboldo: usar elementos cotidianos, comida, especialmente, a la que no prestamos la menor importancia y que parece que sólo pueda verse reflejada en el arte en forma de un aburrido bodegón, para crear un paisaje reconocible por el espectador, con gran realismo. Realmente sólo pienso colgar unas pocas pequeñas fotos suyas, si queréis ver más, lo honorable y correcto sería visitar su página oficial e investigar un poco. (Realmente merece la pena ver estas maravillas en gran tamaño y resolución).




Al margen del trabajo (importante) realizado con ordenador, la imagen es una fotografía. Una fotografía de objetos inanimados y cotidianos que, ordenados según la mente del artista, pueden dar lugar a un realismo impresionante, sin renunciar a la naturaleza de sus componentes.
Qu disfrutéis, un saludo desde la noche perpetua.

Galería. "El Asado" de Arcimboldo.

El segundo de los cuadros invertidos de Arcimboldo (una serie bastante breve) se trata de la pintura llamada El Asado, pintada en 1570. En la imagen, en un principio, vemos un plato de cochinillos asados que un mozo se apresura a tapar para que no se enfríe. Sin embargo, este tema es irrelevante, ya que la obra se presenta sólo como juego visual al espectador. Si volteamos la pintura 180 grados, vemos aparecer el rostro de un hombre grosero tocado con un gorro. Sirva esto como ejemplo de la genialidad de este artista que no sólo es capaz de brindarnos un retrato tan imaginativo como el que tenemos ante nosotros, sino también de calcular las proporciones y medidas para que la imagen pueda ser invertida y crear una obra ambigua.


sábado, 11 de julio de 2009

Galería. "El hortelano" de Arcimboldo.

Para aquellos que no estén al tanto, el blog ha sufrido una repentina parada. Desde la redacción del mismo les pedimos disculpas porque durante el verano ha de funcionar a medio fuelle. De todas formas, espero que les guste. Vamos a seguir con lo nuestro: en esta espiral de engaño visual como es la obra de Arcimboldo, destacan sus "retratos invertidos", rostros que, si son volteados 180º, producen un efecto sorprendente. El primero de ellos, "El hortelano" (¿un personaje de la corte?), representa una fuente de verduras y hortalizas que al ser girado se convierte en el semblante de un campesino. Hasta donde sé (puede haber cambiado de ubicación) el cuadro se conserva en el Museo Civio de Cremona y fue pintado cerca de 1590.
Y buenas noches.





Edward Blunt.

sábado, 4 de julio de 2009

El Amigo Fiel, de Wilde


El Amigo Fiel fue publicado en forma de breve relato a la usanza tradicional en la edición de El Príncipe Feliz de 1888:El amigo fiel de Oscar Wilde.

     
Una mañana, la vieja rata de agua sacó la cabeza por su agujero. Tenía unos ojos redondos muy vivarachos y unos tupidos bigotes grises. Su cola parecía un largo elástico negro.
     Unos patitos nadaban en el estanque semejantes a una bandada de canarios amarillos, y su madre, toda blanca con patas rojas, esforzábase en enseñarles a hundir la cabeza en el agua.
     -No podréis ir nunca a la buena sociedad si no aprendéis a meter la cabeza -les decía.
Y les enseñaba de nuevo cómo tenían que hacerlo. Pero los patitos no prestaban ninguna atención a sus lecciones. Eran tan jóvenes que no sabían las ventajas que reporta la vida de sociedad.
     -¡Qué criaturas más desobedientes! -exclamó la rata de agua- ¡Merecían ahogarse verdaderamente!
     -¡No lo quiera Dios! -replicó la pata-. Todo tiene sus comienzos y nunca es demasiada la paciencia de los padres.
     -¡Ah! No tengo la menor idea de los sentimientos paternos -dijo la rata de agua- No soy padre de familia. Jamás me he casado, ni he pensado en hacerlo. Indudablemente el amor es una buena cosa a su manera; pero la amistad vale más. Le aseguro que no conozco en el mundo nada más noble o más raro que una fiel amistad.
     -Y, digame, se lo ruego, ¿qué idea se forma usted de los deberes de un amigo fiel? -preguntó un pardillo verde que había escuchado la conversación posado sobre un sauce retorcido.
     -Sí, eso es precisamente lo que quisiera yo saber -dijo la pata, y nadando hacia el extremo del estanque, hundió su cabeza en el agua para dar buen ejemplo a sus hijos.
     -¡Necia pregunta! -gritó la rata de agua-. ¡Como es natural, entiendo por amigo fiel al que me demuestra fidelidad!
     -¿Y qué hará usted en cambio? -dijo la avecilla columpiándose sobre una ramita plateada y moviendo sus alitas.
     -No le comprendo a usted -respondió la rata de agua.
     -Permitidme que les cuente una historia sobre el asunto -dijo el pardillo.
     -¿Se refiere a mí esa historia? -preguntó la rata de agua- Si es así, la escucharé gustosa, porque a mí me vuelven loca los cuentos.
     -Puede aplicarse a usted -respondió el pardillo.
     Y abriendo las alas, se posó en la orilla del estanque y contó la historia del amigo fiel.
     -Había una vez -empezó el pardillo- un honrado mozo llamado Hans.
     -¿Era un hombre verdaderamente distinguido? -preguntó la rata de agua.
     -No -respondió el pardillo-. No creo que fuese nada distinguido, excepto por su buen corazón y por su redonda cara morena y afable.
     Vivía en una pobre casita de campo y todos los días trabajaba en su jardín.
     En toda la comarca no había jardín tan hermoso como el suyo. Crecían en él claveles, alelíes, capselas, saxifragas, así como rosas de Damasco y rosas amarillas, azafranadas, lilas y oro y alelíes rojos y blancos.
     Y según los meses y por su orden florecían agavanzos y cardaminas, mejoranas y albahacas silvestres, velloritas e iris de Alemania, asfodelos y claveros.
     Una flor sustituía a otra. Por lo cual había siempre cosas bonitas a la vista y olores agradables que respirar.
     El pequeño Hans tenía muchos amigos, pero el más allegado a él era el gran Hugo, el molinero. Realmente, el rico molinero era tan allegado al pequeño Hans, que no visitaba nunca su jardín sin inclinarse sobre los macizos y coger un gran ramo de flores o un buen puñado de lechugas suculentas o sin llenarse los bolsillos de ciruelas y de cerezas, según la estación.
     -Los amigos verdaderos lo comparten todo entre sí -acostumbraba decir el molinero.
     Y el pequeño Hans asentía con la cabeza, sonriente, sintiéndose orgulloso de tener un amigo que pensaba tan noblemente.
     Algunas veces, sin embargo, el vecindario encontraba raro que el rico molinero no diese nunca nada en cambio al pequeño Hans, aunque tuviera cien sacos de harina almacenados en su molino, seis vacas lecheras y un gran número de ganado lanar; pero Hans no se preocupó nunca por semejante cosa.
     Nada le encantaba tanto como oír las bellas cosas que el molinero acostumbraba decir sobre la solidaridad de los verdaderos amigos.
     Así, pues, el pequeño Hans cultivaba su jardín. En primavera, en verano y en otoño, sentíase muy feliz; pero cuando llegaba el invierno y no tenía ni frutos ni flores que llevar al mercado, padecía mucho frío y mucha hambre, acostándose con frecuencia sin haber comido más que unas peras secas y algunas nueces rancias.
     Además, en invierno, encontrábase muy solo, porque el molinero no iba nunca a verle durante aquella estación.
     -No está bien que vaya a ver al pequeño Hans mientras duren las nieves -decía muchas veces el molinero a su mujer-. Cuando las personas pasan apuros hay que dejarlas solas y no atormentarlas con visitas. Ésa es por lo menos mi opinión sobre la amistad, y estoy seguro de que es acertada. Por eso esperaré la primavera y entonces iré a verle; podrá darme un gran cesto de velloritas y eso le alegrará.
     -Eres realmente solícito con los demás -le respondía su mujer, sentada en un cómodo sillón junto a un buen fuego de leña-. Resulta un verdadero placer oírte hablar de la amistad. Estoy segura de que el cura no diría sobre ella tan bellas cosas como tú, aunque viva en una casa de tres pisos y lleve un anillo de oro en el meñique.
     -¿Y no podríamos invitar al pequeño Hans a venir aquí? -preguntaba el hijo del molinero- Si el pobre Hans pasa apuros, le daré la mitad de mi sopa y le enseñaré mis conejos blancos.
     -¡Qué bobo eres! -exclamó el molinero-. Verdaderamente, no sé para qué sirve mandarte a la escuela. Parece que no aprendes nada. Si el pequeño Hans viniese aquí, ¡pardiez!, y viera nuestro buen fuego, nuestra excelente cena y nuestra gran barrica de vino tinto, podría sentir envidia. Y la envidia es una cosa terrible que estropea los mejores caracteres. Realmente, no podría yo sufrir que el carácter de Hans se estropeara. Soy su mejor amigo, velaré siempre por él y tendré buen cuidado de no exponerle a ninguna tentación. Además, si Hans viniese aquí, podría pedirme que le diese un poco de harina fiada, lo cual no puedo hacer. La harina es una cosa y la amistad es otra, y no deben confundirse. Esas dos palabras se escriben de un modo diferente y significan cosas muy distintas, como todo el mundo sabe.
     -¡Qué bien hablas! -dijo la mujer del molinero sirviéndose un gran vaso de cerveza caliente. Me siento verdaderamente como adormecida, lo mismo que en la iglesia.
     -Muchos obran bien -replicó el molinero-, pero pocos saben hablar bien, lo que prueba que hablar es, con mucho, la cosa más difícil, así como la más hermosa de las dos.
     Y miró severamente por encima de la mesa a su hijo, que sintió tal vergüenza de sí mismo, que bajó la cabeza, se puso casi escarlata y empezó a llorar encima de su té.
     ¡Era tan joven, que bien pueden ustedes dispensarle!
     -¿Ése es el final de la historia? -preguntó la rata de agua.
     -Nada de eso -contestó el pardillo-. Ése es el comienzo.
     -Entonces está usted muy atrasado con relación a su tiempo -repuso la rata de agua- Hoy día todo buen cuentista empieza por el final, prosigue por el comienzo y termina por la mitad. Es el nuevo método. Lo he oído así de labios de un crítico que se paseaba alrededor del estanque con un joven. Trataba el asunto magistralmente y estoy segura de que tenía razón, porque llevaba unas gafas azules y era calvo; y cuando el joven le hacía alguna observación contestaba siempre: «¡Psé!» Pero continúe usted su historia, se lo ruego. Me agrada mucho el molinero. Yo también encierro toda clase de bellos sentimientos: por eso hay una gran simpatía entre él y yo.
     -¡Bien! -dijo el pardillo brincando sobre sus dos patitas-. No bien pasó el invierno, en cuanto las velloritas empezaron a abrir sus estrellas amarillas pálidas, el molinero dijo a su mujer que iba a salir y visitar al pequeño Hans.
     -¡Ah, qué buen corazón tienes! -le gritó su mujer-. Piensas siempre en los demás. No te olvides de llevar el cesto grande para traer las flores.
     Entonces el molinero ató unas con otras las aspas del molino con una fuerte cadena de hierro y bajó la colina con la cesta al brazo.
     -Buenos días, pequeño Hans -dijo el molinero.
     -Buenos días -contestó Hans, apoyándose en su azadón y sonriendo con toda su boca.
     -¿Cómo has pasado el invierno? -preguntó el molinero.
     -¡Bien, bien! -repuso Hans- Muchas gracias por tu interés. He pasado mis malos ratos, pero ahora ha vuelto la primavera y me siento casi feliz... Además, mis flores van muy bien.
     -Hemos hablado de ti con mucha frecuencia este invierno, Hans -prosiguió el molinero-, preguntándonos qué sería de ti.
     -¡Qué amable eres! -dijo Hans-. Temí que me hubieras olvidado.
     -Hans, me sorprende oírte hablar de ese modo -dijo el molinero-. La amistad no olvida nunca. Eso es lo que tiene de admirable, aunque me temo que no comprendas la poesía de la amistad... Y entre paréntesis, ¡qué bellas están tus velloritas!
     -Sí, verdaderamente están muy bellas -dijo Hans-, y es para mí una gran suerte tener tantas. Voy a llevarlas al mercado, donde las venderé a la hija del burgomaestre y con ese dinero compraré otra vez mi carretilla.
     -¿Qué comprarás otra vez tu carretilla? ¿Quieres decir entonces que la has vendido? Es un acto bien necio.
     -Con toda seguridad, pero el hecho es -replicó Hans- que me vi obligado a ello. Como sabes, el invierno es una estación mala para mí y no tenía ningún dinero para comprar pan. Así es que vendí primero los botones de plata de mi traje de los domingos; luego vendí mi cadena de plata y después mi flauta. Por último vendí mi carretilla. Pero ahora voy a rescatarlo todo.
     -Hans -dijo el molinero-, te daré mi carretilla. No está en muy buen estado. Uno de los lados se ha roto y están algo torcidos los radios de la rueda, pero a pesar de esto te la daré. Sé que es muy generoso por mi parte y a mucha gente le parecerá una locura que me desprenda de ella, pero yo no soy como el resto del mundo. Creo que la generosidad es la esencia de la amistad, y además, me he comprado una carretilla nueva. Sí, puedes estar tranquilo... Te daré mi carretilla.
     -Gracias, eres muy generoso -dijo el pequeño Hans. Y su afable cara redonda resplandeció de placer-. Puedo arreglarla fácilmente porque tengo una tabla en mi casa.
     -¡Una tabla! -exclamó el molinero-. ¡Muy bien! Eso es precisamente lo que necesito para la techumbre de mi granero. Hay una gran brecha y se me mojará todo el trigo si no la tapo. ¡Qué oportuno has estado! Realmente es de notar que una buena acción engendra otra siempre. Te he dado mi carretilla y ahora tú vas a darme tu tabla. Claro es que la carretilla vale mucho más que la tabla, pero la amistad sincera no repara nunca en esas cosas. Dame en seguida la tabla y hoy mismo me pondré a la obra para arreglar mi granero.
     -¡Ya lo creo! -replicó el pequeño Hans.
     Fue corriendo a su vivienda y sacó la tabla.
     -No es una tabla muy grande -dijo el molinero examinándola- y me temo que una vez hecho el arreglo de la techumbre del granero no quedará madera suficiente para el arreglo de la carretilla, pero claro es que no tengo la culpa de eso... Y ahora, en vista de que te he dado mi carretilla, estoy seguro de que accederás a darme en cambio unas flores... Aquí tienes el cesto; procura llenarlo casi por completo.
     -¿Casi por completo? -dijo el pequeño Hans, bastante afligido porque el cesto era de grandes dimensiones y comprendía que si lo llenaba, no tendría ya flores para llevar al mercado y estaba deseando rescatar sus botones de plata.
     -A fe mía -respondió el molinero-, una vez que te doy mi carretilla no creí que fuese mucho pedirte unas cuantas flores.      Podré estar equivocado, pero yo me figuré que la amistad, la verdadera amistad, estaba exenta de toda clase de egoísmo.
     -Mi querido amigo, mi mejor amigo -protestó el pequeño Hans-, todas las flores de mi jardín están a tu disposición, porque me importa mucho más tu estimación que mis botones de plata.
     Y corrió a coger las lindas velloritas y a llenar el cesto del molinero.
     -¡Adiós, pequeño Hans! -dijo el molinero subiendo de nuevo la colina con su tabla al hombro y su gran cesto al brazo.
     -¡Adiós! -dijo el pequeño Hans.
     Y se puso a cavar alegremente: ¡estaba tan contento de tener una carretilla!
     A la mañana siguiente, cuando estaba sujetando unas madreselvas sobre su puerta, oyó la voz del molinero que le llamaba desde el camino. Entonces saltó de su escalera y corriendo al final del jardín miró por encima del muro.
     Era el molinero con un gran saco de harina a su espalda.
     -Pequeño Hans -dijo el molinero-, ¿querrías llevarme este saco de harina al mercado?
     -¡Oh, lo siento mucho! -dijo Hans-; pero verdaderamente me encuentro hoy ocupadísimo. Tengo que sujetar todas mis enredaderas, que regar todas mis flores y que segar todo el césped.
     -¡Pardiez! -replicó el molinero-; creí que en consideración a que te he dado mi carretilla no te negarías a complacerme.
     -¡Oh, si no me niego! -protestó el pequeño Hans-. Por nada del mundo dejaría yo de obrar como amigo tratándose de ti.
     Y fue a coger su gorra y partió con el gran saco sobre el hombro.
     Era un día muy caluroso y la carretera estaba terriblemente polvorienta. Antes de que Hans llegara al mojón que marcaba la sexta milla, hallábase tan fatigado que tuvo que sentarse a descansar. Sin embargo, no tardó mucho en continuar animosamente su camino, llegando por fin al mercado.
     Después de esperar un rato, vendió el saco de harina a un buen precio y regresó a su casa de un tirón, porque temía encontrarse a algún salteador en el camino si se retrasaba mucho.
     -¡Qué día más duro! -se dijo Hans al meterse en la cama- Pero me alegra mucho no haberme negado, porque el molinero es mi mejor amigo y, además, va a darme su carretilla.
     A la mañana siguiente, muy temprano, el molinero llegó por el dinero de su saco de harina, pero el pequeño Hans estaba tan rendido, que no se había levantado aún de la cama.
     -¡Palabra! -exclamó el molinero-. Eres muy perezoso. Cuando pienso que acabo de darte mi carretilla, creo que podrías trabajar con más ardor. La pereza es un gran vicio y no quisiera yo que ninguno de mis amigos fuera perezoso o apático. No creas que te hablo sin miramientos. Claro es que no te hablaría así si no fuese amigo tuyo. Pero, ¿de qué serviría la amistad sino pudiera uno decir claramente lo que piensa? Todo el mundo puede decir cosas amables y esforzarse en ser agradable y en halagar, pero un amigo sincero dice cosas molestas y no teme causar pesadumbre. Por el contrario, si es un amigo verdadero, lo prefiere, porque sabe que así hace bien.
     -Lo siento mucho -respondió el pequeño Hans, restregándose los ojos y quitándose el gorro de dormir-. Pero estaba tan rendido, que creía haberme acostado hace poco y escuchaba cantar a los pájaros. ¿No sabes que trabajo siempre mejor cuando he oído cantar a los pájaros?
     -¡Bueno, tanto mejor! -replicó el molinero dándole una palmada en el hombro-; porque necesito que arregles la techumbre de mi granero.
     El pequeño Hans tenía gran necesidad de ir a trabajar a su jardín porque hacía dos días que no regaba sus flores, pero no quiso decir que no al molinero, que era un buen amigo para él.
     -¿Crees que no sería amistoso decirte que tengo que hacer? -preguntó con voz humilde y tímida.
     -No creí nunca, a fe mía -contestó el molinero-, que fuese mucho pedirte, teniendo en cuenta que acabo de regalarte mi carretilla, pero claro es que lo haré yo mismo si te niegas.
     -¡Oh, de ningún modo! -exclamó el pequeño Hans, saltando de su cama.
     Se vistió y fue al granero.
     Trabajó allí durante todo el día hasta el anochecer, y al ponerse el sol, vino el molinero a ver hasta dónde había llegado.
     -¿Has tapado el boquete del techo, pequeño Hans? -gritó el molinero con tono alegre.
     -Está casi terminado -respondió Hans, bajando de la, escalera.
     -¡Ah! -dijo el molinero- No hay trabajo tan delicioso como el que se hace por otro.
     -¡Es un encanto oírte hablar! -respondió el pequeño Hans, que descansaba secándose la frente- Es un encanto, pero temo no tener yo nunca ideas tan hermosas como tú.
     -¡Oh, ya las tendrás! -dijo el molinero-; pero habrás de tomarte más trabajo. Por ahora no posees más que la práctica de la amistad. Algún día poseerás también la teoría.
     -¿Crees eso de verdad? -preguntó el pequeño Hans.
     -Indudablemente -contestó el molinero-. Pero ahora que has arreglado el techo, mejor harás en volverte a tu casa a descansar, pues mañana necesito que lleves mis carneros a la montaña.
     El pobre Hans no se atrevió a protestar, y al día siguiente, al amanecer, el molinero condujo sus carneros hasta cerca de su casita y Hans se marchó con ellos a la montaña. Entre ir y volver se le fue el día, y cuando regresó estaba tan cansado, que se durmió en su silla y no se despertó hasta entrada la mañana.
     -¡Qué tiempo más delicioso tendrá mi jardín! -se dijo, e iba a ponerse a trabajar; pero por un motivo u otro no tuvo tiempo de echar un vistazo a sus flores; llegaba su amigo el molinero y le mandaba muy lejos a recados o le pedía que fuese a ayudar en el molino. Algunas veces el pequeño Hans se apuraba grandemente al pensar que sus flores creerían que las había olvidado; pero se consolaba pensando que el molinero era su mejor amigo.
     -Además -acostumbraba a decirse- va a darme su carretilla, lo cual es un acto de puro desprendimiento.
     Y el pequeño Hans trabajaba para el molinero, y éste decía muchas cosas bellas sobre la amistad, cosas que Hans copiaba en su libro verde y que releía por la noche, pues era culto.
     Ahora bien; sucedió que una noche, estando el pequeño Hans sentado junto al fuego, dieron un aldabonazo en la puerta.
     La noche era negrísima. El viento soplaba y rugía en torno de la casa de un modo tan terrible, que Hans pensó al principio si sería el huracán el que sacudía la puerta.
     Pero sonó un segundo golpe y después un tercero más violento que los otros.
     -Será de algún pobre viajero -se dijo el pequeño Hans y corrió a la puerta.
     El molinero estaba en el umbral con una linterna en una mano y un grueso garrote en la otra.
     -Querido Hans -gritó el molinero-, me aflige un gran pesar, mi chico se ha caído de una escalera, hiriéndose. Voy a buscar al médico. Pero vive lejos de aquí y la noche es tan mala, que he pensado que fueses tú en mi lugar. Ya sabes que te doy mi carretilla. Por eso estaría muy bien que hicieses algo por mí en cambio.
     -Seguramente -exclamó el pequeño Hans-; me alegra mucho que se te haya ocurrido venir. Iré en seguida. Pero debías dejarme tu linterna, porque la noche es tan oscura, que temo caer en alguna zanja.
     -Lo siento muchísimo -respondió el molinero-,pero es mi linterna nueva y sería una gran pérdida que le ocurriese algo.
     -¡Bueno, no hablemos más! Me pasaré sin ella -dijo el pequeño Hans.
     Se puso su gran capa de pieles, su gorro encarnado de gran abrigo, se enrolló su tapabocas alrededor del cuello y partió.
     ¡Qué terrible tempestad se desencadenaba!
     La noche era tan negra, que el pequeño Hans no veía apenas, y el viento tan fuerte, que le costaba gran trabajo andar.
     Sin embargo, él era muy animoso, y después de caminar cerca de tres horas, llegó a casa del médico y llamó a su puerta.
     -¿Quién es? -gritó el doctor, asomando la cabeza a la ventana de su habitación.
     -¡El pequeño Hans, doctor!
     -¿Y qué deseas, pequeño Hans?
     -El hijo del molinero se ha caído de una escalera y se ha herido y es necesario que vaya usted en seguida.
     -¡Muy bien! -replicó el doctor.
     Enjaezó en el acto su caballo, se calzó sus grandes botas, y, cogiendo su linterna, bajó la escalera. Se dirigió a casa del molinero, llevando al pequeño Hans a pie, detrás de él.
     Pero la tormenta arreció. Llovía a torrentes y el pequeño Hans no podía ni ver por dónde iba, ni seguir al caballo.
     Finalmente, perdió su camino, estuvo vagando por el páramo, que era un paraje peligroso lleno de hoyos profundos, cayó en tino de ellos el pobre Hans y se ahogó.
     A la mañana siguiente, unos pastores encontraron su cuerpo flotando en una gran charca y le llevaron a su casita.
     Todo el mundo asistió al entierro del pequeño Hans porque era muy querido. Y el molinero figuró a la cabeza del duelo.
     -Era yo su mejor amigo -decía el molinero-; justo es que ocupe el sitio de honor.
     Así es que fue a la cabeza del cortejo con una larga capa negra; de cuando en cuando se enjugaba los ojos con un gran pañuelo de hierbas.
     -El pequeño Hans representa ciertamente una gran pérdida para todos nosotros -dijo el hojalatero una vez terminados los funerales y cuando el acompañamiento estuvo cómodamente instalado en la posada, bebiendo vino dulce y comiendo buenos pasteles.
     -Es una gran pérdida, sobre todo para mí -contestó el molinero-. A fe mía que fui lo bastante bueno para comprometerme a darle mi carretilla y ahora no se qué hacer de ella. Me estorba en casa, y está en tal mal estado, que si la vendiera no sacaría nada. Os aseguro que de aquí en adelante no daré nada a nadie. Se pagan siempre las consecuencias de haber sido generoso.
     -Y es verdad -replicó la rata de agua después de una larga pausa.
     -¡Bueno! Pues nada más -dijo el pardillo.
     -¿Y qué fue del molinero? -dijo la rata de agua.
     -¡Oh! No lo sé a punto fijo -contesto el pardillo y verdaderamente me da igual.
     -Es evidente que su carácter de usted no es nada simpático -dijo la rata de agua.
     -Temo que no haya usted comprendido la moraleja de la historia -replicó el pardillo.
     -¿La qué? -gritó la rata de agua.
     -La moraleja.
     -¿Quiere eso decir que la historia tiene una moraleja?
     -¡Claro que sí! -afirmó el pardillo.
     -¡Caramba! -dijo la rata con tono iracundo- Podía usted habérmelo dicho antes de empezar. De ser así no le hubiera escuchado, con toda seguridad. Le hubiese dicho indudablemente: «¡Psé!», como el crítico. Pero aun estoy a tiempo de hacerlo.
     Gritó su «¡Psé!» a toda voz, y dando un coletazo, se volvió a su agujero.
     -¿Qué le parece a usted la rata de agua? -preguntó la pata, que llegó chapoteando algunos minutos después- Tiene muchas buenas cualidades, pero yo, por mi parte, tengo sentimientos de madre y no puedo ver a un solterón empedernido sin que se me salten las lágrimas.
     -Temo haberle molestado -respondió el pardillo-. El hecho es que le he contado una historia que tiene su moraleja.
     -¡Ah, eso es siempre una cosa peligrosísima! -dijo la pata.
     -Y yo comparto su opinión en absoluto.

No diré nada más. Buenas noches.
Edward Blunt.